La discrecionalidad opaca al béisbol.

La discrecionalidad siempre trae como consecuencia  injusticias, y en el deporte no es la excepción.
Este 7 de enero de 2010 se presentaron tres eventos que muchas personas consideraron como injustos. En los tres, los expertos votaron y decidieron quiénes merecen ser inmortalizados y quiénes no en el mundo del béisbol.
Hablo de la no inclusión al Salón de la Fama de Roberto Alomar, quién teniendo los méritos para ser inmortalizado en su primer año como elegible, fue dejado por fuera porque algunos periodistas de la Baseball Writers Association of America (BBWAA) consideraron que no era momento de premiarlo con la inducción a Cooperstown.
También me refiero al ínfimo apoyo que recibió Andrés Galarraga en su primera y sorpresivamente última oportunidad para ingresar al Salón de la Fama por la elección de los periodistas. Desde el momento del retiro de Galarraga, he afirmado que no posee números ni las credenciales objetivamente hablando para ingresar a Cooperstown, pero confieso que me sorprendió que ni siquiera recibiera la oportunidad de mantenerse al menos un par de años en las boletas.
Por último una situación que no generó tanta alarma, pero que también evidencia una distorsión entre los méritos deportivos y el reconocimiento que se le da a sus protagonistas; para la votación al premio al Mánager del Año en la LVBP, que merecidamente se le entregó a Carlos García, no se tomó en cuenta a Dave Hudgens, cuyo equipo dejó exactamente el mismo registro que el de García y terminó primero en la tabla.
Voy a dejar que los expertos en la materia hagan los cálculos y den las explicaciones de los dos primeros casos, pero este último me resulta tan llamativo y con tantas contradicciones que creo que vale la pena hacer un análisis que no mucha gente va a tomarse la molestia de hacer.
Tomando en cuenta que el Magallanes de Carlos García viene de haber quedado eliminado el año pasado y que en el papel no tenía un equipo tan competitivo como los Leones de Hudgens, es evidente que en igualdad de condiciones, el premio fuese para el criollo. Sin embargo, es totalmente inexplicable que el manager del equipo capitalino no haya recibido siquiera un solo voto; más aún cuando entre Carlos Subero (cuyo equipo clasificó con récord negativo) y Luis Dorante (que luego de un buen inicio, clasificó con susto en las últimas jornadas), fueron tomados en cuenta.
Puedo entender qué tenían en mente aquellos que votaron por Carlos García, pero no le veo lógica a la decisión de aquellos que ignoraron a dos managers cuyos equipos ganaron 41 partidos. O ganaba García por unanimidad, o era un duelo entre García y Hudgens, pero otra alternativa es ignorar los parámetros objetivos y guiarse por subjetividades y sentimentalismo.
Por supuesto que todos apreciamos a Carlos Subero y sabemos que es excelente manager y que más temprano que tarde lo veremos dirigiendo en las Grandes Ligas. Ahora, ¿se puede considerar que hizo un trabajo sobresaliente al clasificar a La Guaira habiendo pasado la mayor parte de la temporada con récord escasamente sobre .500? ¿Acaso los Tiburones tenían un equipo tan inferior a Cardenales, Tigres y Caribes como para pensar que es toda una hazaña que culminase en el cuarto puesto?
Por otro lado, muy seguramente si Frank Kremblas hubiese estado al mando del Caracas, algún periodista le habría dado su voto por el hecho de conseguir 40+ victorias en dos temporadas consecutivas (Como si eso importase en la elección de manager del año).
En fin, esas contradicciones y discrecionalidades por parte de los electores, que tienen en sus manos la decisión de reconocer el trabajo realizado por los protagonistas del béisbol, genera distorsiones y hace que los premios pierdan credibilidad. Es por ello que cada elección debería realizarse en base a parámetros objetivo y técnicos, cuya motivación sea algo más sólido que la simple y pura percepción de los votantes. Por supuesto que siempre van a existir desacuerdos sobre cuáles son los parámetros que deben ponderarse, pero al menos será una discusión más técnica y argumentada y no una cuestión de caprichos o percepciones por parte de una persona.
Por lo pronto, Alomar se estará preguntando por qué ser el mejor segunda base en la historia del béisbol no le bastó para ser elegido al Salón de la Fama en su primera oportunidad; Galarraga se estará preguntando si de no haber sido por el cáncer, habría tenido alguna oportunidad de sobrevivir el corte y seguir apareciendo en las boletas; y Dave Hudgens, quien ganó 41 partidos y tuvo uno de los mejores arranques de temporada en el béisbol venezolano, se tiene que estar preguntando qué hicieron Subero y Dorante para opacar su actuación.
L4E
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