Nuestro fanatismo autodestructivo

Escribo estas líneas con profunda indignación y molestia, como estamos muchos venezolanos que tras el asesinato de Kluiverth Roa, un adolescente de apenas 14 años, por parte de un funcionario de la PNB, que es otro muchacho de 23.

¿Cómo nos convertimos en un país que se autodestruye de esa manera? ¿Cómo es que es posible que tengamos un sistema que permite que un funcionario, muy probablemente con poca o ninguna experiencia,  pueda hacer uso de un arma potencialmente mortal contra un adolescente? Evidentemente más allá de ser el autor material y accionar el gatillo, hay una gran descomposición social de fondo. Lo que ocurrió  hoy no es un hecho aislado, como dijo algún funcionario. Es consecuencia de una mentalidad que nos ha venido carcomiendo desde hace muchos años.

Y esa descomposición nos ha quitado hasta lo más básico, la capacidad de distinguir el bien y el mal. Y no estoy seguro de cuando ni quién lo empezó, pero la semilla fue sembrada mucho antes de que llegara el chavismo al poder. Lamentablemente, el régimen con su verbo agresivo, no ha hecho sino potenciarlo, alejarnos de ese discernimiento necesario para que la ciudadanía le ponga límites al poder.

¿Entonces, en qué nos convertimos? En meros fanáticos, que ahora participamos de la vida política y social con los mismos criterios pasionales que se utilizan para apoyar al equipo de béisbol. No importa la racionalidad, lo que importa es la identidad con una idea, una bandera y un color.

Y por supuesto que cuando se deja de lado la racionalidad, la línea de lo que está bien o mal se va diluyendo. “Bueno, estos políticos roban, pero aquellos robaban más”; “antes la policía también torturaba estudiantes”; “La Defensora del Pueblo se merecía esos golpes”. Y así va cada quien haciéndose sus propios argumentos que lo llevan a construir defensas para no tener que ceder en su posición. Porque a fin de cuentas, importa más el “equipo” al que siguen, que lo bueno y lo malo que dejen. Ahí es donde nos volvemos autodestructivos, porque esos criterios no van a construir un país jamás.

En el medio de ese absurdo fanatismo autodestructivo que nos pone una especie de gríngolas, hemos llegado al extremo en el que la misma persona es capaz de celebrar un golpe de Estado y condenar otro, por el simple hecho de que cambien los protagonistas. De condenar a Estados Unidos o Israel por las guerras en Irak o los ataques a Gaza, pero guardar un silencio cómplice ante la criminalidad desatada y los abusos del gobierno en Venezuela. De idealizar a líderes políticos con el mismo fervor que se le critica al otro bando, sólo para verlos cometer los mismos errores cuando llegan al poder.

En esa realidad y en ese contexto, ocurrió lo que ocurrió en Táchira. Creo que llamar al funcionario que disparó “víctima de la sociedad” sería muy condescendiente de mi parte y le quitaría la responsabilidad que tiene en el hecho. Pero no deja de ser cierto que día a día se han alimentado las condiciones para que vivamos así, y muchos venezolanos han tomado la salida fácil de ser cómplices y comportarse como fanáticos de uno u otro equipo, sin detenerse a pensar en el bien o el mal tras cada acción.

¿Cuántos perfiles de Twitter no hay que digan “hijo de Chavez”, “antichavista”, “patriota”, “caprilista” y cualquier otra etiqueta similar? ¿Eso es realmente lo que nos define? ¿Es más importante ser partidario de un político o de una ideología, que ser un ciudadano pensante, con criterio libre y capaz de discernir y marcar distancia cuando la situación lo exige?

En la medida en que cada ciudadano se aleje de esa posición fanática autodestructiva y analice, cuestione, critique, no sólo a quienes adversa, sino también a quienes apoya, ese día es que vamos a evolucionar como sociedad. Mientras tanto, estamos condenados a ver cómo dos bandos, que bien pueden pasar la historia alternándose, cometen los mismos errores una y otra vez. Con la tristeza de ver que en el camino se siguen perdiendo vidas, se van jóvenes y se quedan historias sin contar.

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