El cupo viajero, la morfina de la clase media

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La clase media venezolana es la que más ha sufrido con el cambio de modelo impuesto por el chavismo, y no es algo reciente sino que desde la Constituyente se viene anunciando. Cuando nos hablaron de que Cuba era “el mar de la felicidad” se estaba fijando el rumbo, y todas las acciones concretas que ha tomado el gobierno, en su condición de médico tratante de los problemas de Venezuela, conducen a ese modelo. Sin embargo, el paciente no estaba dispuesto a dejar que le administraran esas altas dosis de socialismo y le extrajeran su individualidad, sus libertades y sus derechos sin protestar. Por eso el gobierno, desde el año 2003, decidió administrar morfina.

La morfina es una droga opiácea que tiene un efecto analgésico. Extremadamente potente y que en dosis elevadas puede ser letal. Pero el médico es ágil, y dentro de todos los medicamentos que metió al país cuando inyectó el control de cambios, cambió la etiqueta de la ampolla por “cupo viajero y cupo electrónico”. No nos dimos cuenta de que lentamente nos estaban envenenando.

A partir de ese momento, la clase media se volvió un paciente mucho más cooperador y comenzaron a implementarse algunas medidas. Quirúrgicamente, se fue cambiando su estilo de vida, comenzando por las áreas menos sensibles y dejando para momentos estratégicos las extracciones fundamentales.

Aunque algunas operaciones han sido pospuestas por reacciones adversas de la sociedad (Cierre RCTV, Referéndum Constituyente, victoria en la Asamblea Nacional), en otras ocasiones, el paciente ha entrado en coma y le ha facilitado el trabajo a su galeno, como en las parlamentarias del 2005.

El tratamiento completo está descrito en el récipe del “Plan de la Patria”. Las comunas, el trueque, las expropiaciones; todo el tratamiento completo y la expectativa de vida de la clase media, aparece en esos libritos -con rango de Ley- que muy poca gente se ha molestado en leer.

Los ciudadanos tuvieron distintas reacciones, pero todas denotan la efectividad de la anestesia implementada. Algunos se distrajeron, otros se aprovecharon de la situación y otros justificaron lo injustificable.

  • Los que se distrajeron, vieron en el cupo viajero un nuevo estándar de prestigio, ante un modelo que hacía cada vez más difícil adquirir una casa o un carro. Al menos un viaje al año estaba seguro. Cuando no era el viaje, era el celular o el iPod.
  • Los que se aprovecharon, vieron la oportunidad de hacer dinero fácil. El gobierno implementó una medida económica e ideológicamente irracional en función de su modelo,porque le ayudaba a alcanzar su fin último: Conservar el poder. Algunos se aprovecharon de esa medida para sacar un beneficio económico. Y el gobierno lo toleró silentemente por casi una década, hasta que su estrategia cambió y necesitaba de chivos expiatorios a quienes culpar de la crisis.
  • Los más ingenuos vieron en el cupo viajero (y en el resto de los subsidios gubernamentales) una justificación a las políticas del gobierno. Asumieron que la ilusión de la bonanza era una realidad que había llegado para quedarse y no cayeron en cuenta de que los subsidios eran concesiones del gobierno que estarían presentes sólo en la medida en que fuese necesario.

El problema con la morfina es que como toda droga, causa adicción, y ya el paciente empezó a preocuparse más por no sentir el dolor, que por encontrar una cura para su enfermedad, agravada por la mala praxis de su médico tratante.

La gente cada vez estaba más creativa. Con cada recorte de dosis, buscaban la manera de encontrar el confort necesario para no sufrir con el dolor de su realidad. Cambiaron a Mickey Mouse por el Machu Picchu. El cupo electrónico pasó de ser casi irrelevante durante el primer lustro del control de cambios, al mecanismo idóneo para comprar el celular del año. Todo menos perder la dosis anual de morfina.

En paralelo, la calidad de vida del paciente se reducía notablemente. Si ya en el 2003 para un profesional de poca experiencia le era difícil adquirir una vivienda o un vehículo nuevo con su sueldo, en el año 2014 eso se convirtió en un imposible.

Pasó enero y ante la promesa de los galenos de no reducir la dosis del 2015, la clase media se quedó tranquila. Planificó sus vacaciones, administró su cupo electrónico y diseñó la manera en que sobreviviría este año en un país en donde a parte de la pérdida de poder adquisitivo, hay escasez e inseguridad. Pero en abril el médico, que ya nos había mentido en otras ocasiones, no perdonó y ordenó reducir la dosis en plena cirugía.

La reacción fue sentida, dolorosa, trágica. El que antes se distraía con los viajes al exterior, ya no puede visitar tampoco el Machu Picchu. El que quería hacer dinero fácil, perdió su fuente de ingresos. El que creía que el subsidio era parte del modelo, se decepcionó al ver que la prognosis falló.

Lo que aún falta es que la clase media entienda que la morfina nunca fue una cura, ni tampoco un tratamiento terapéutico que ayudaría al paciente a mejorar en el mediano o largo plazo. Es una droga que se le administra a enfermos terminales.

La cruda realidad es que la solución no es más morfina. La clase media no puede aspirar una mejoría si no decide mejorar y i) le exige al médico que cambie el tratamiento; ii) cambia de médico; o iii) se va para otra clínica.

@cuevasar

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