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El mejor fanático

El ser humano suele ser inconforme por naturaleza. Desde el mismo momento en que obtenemos algo que queremos, inmediatamente nuestra mente empieza a pensar en nuestro siguiente objetivo. El deporte refleja esa inconformidad en una manera exponencial, y parece ser un área en donde hemos decidido dejar por fuera cualquier parámetro de racionalidad y cordura; un área donde aquel que se atreve a usar la razón por encima de la pasión es acusado de conformista, mal fanático y que puede llegar a ser considerado por los demás miembros de su especie como un judas o un ser despreciable que no “siente” al equipo.

Cada año, cada temporada, uno va sacando un aprendizaje; en mi caso, me he dado cuenta que es difícil complacer a todo el mundo. He sido abonado en el estadio en varias ocasiones, en otras no me provoca ni prender el radio para escuchar los partidos. He sido el que madruga escuchando y leyendo reseñas; he sido el que idolatra a su equipo haciendo páginas web; he sido activista (Gracias por ayudarme a añadir eso al CV, Carlos Hernández), he sido manifestante civilizado (ASOFANC+), he escrito en cuanto foro de béisbol hay y he dejado de hacerlo, todo en distintas etapas y ciclos. Eso sí, jamás he dejado de apoyar a mi equipo. He vivido mi fanatismo de distintas maneras, pero siempre lo he sentido, y he acompañado a mi equipo en las buenas y en las malas.

Lo cierto es que en cada una de esas etapas, siempre ha existido gente que piensa que uno no es buen fanático. Si eres abonado pero te vas un día que tu equipo está perdiendo en el 7mo. Inning, eres un mal perdedor. Si no escuchaste el juego porque ese día te provocó ver un capítulo de Lost, no quieres al equipo. Si protestas con gritos, eres un salvaje falta de respeto. Si protestas con cartas, eres un cobarde que no se atreve a hacer “lo que sea necesario”. Si criticas a un jugador, no apoyas al equipo. Si no lo criticas, eres un tarado al que no le duele la camisa. Si escribes en los foros, eres insoportable y te lo tomas demasiado en serio. Si no lo haces, es porque no quieres al equipo sino cuando gana. Si te pones la camisa del equipo cuando pierden, te consigues al que te dice jalabolas. Si no lo haces, te consigues al que te dice que te avergüenza el equipo. Si no escribes y comentas en Tweeter cada victoria y cada derrota, eres un fiasco.

En fin, existen muchos accesorios que rodean al sentir de un fanático y que tocan lo irracional. Ni ponerte una camisa te hace mejor fanático, ni gritar más duro te hace mejor fanático, ni pegarte al radio te hace mejor fanático, ni ser el que más chalequea a los demás te hace mejor fanático, ni ser el que más insulta a los jugadores te hace el mejor fanático, ni tampoco lo hace el que más los defiende.

Quitemos todos los accesorios y vamos al fondo: ¿Qué hace que una persona sea un fanático de verdad?

A mi juicio, lo único que hace que una persona sea un verdadero fanático es su lealtad al equipo; lealtad que sólo puede ser tal cuando se interpreta racionalmente. Una persona que tras una semana de temporada está pidiendo la cabeza del cuerpo técnico del equipo que apoya porque han tenido un mal arranque el año después de quedar campeón, no está siendo leal con su equipo, porque al no haber una muestra suficientemente sólida para evaluar al equipo, no es racional actuar así. Tampoco lo es aquel que se queda indiferente, celebrando los buenos momentos e ignorando los malos. Mucho menos leal puede ser el que en una mala temporada se dedica a apoyar a otros equipos. El que es verdaderamente leal siempre está ahí; a lo mejor no es el que hace más bulla, el que grita más duro, ni tampoco el que compra más cosas con el logo del equipo, pero es aquel con el que el equipo cuenta en las buenas y en las malas. El que es consecuente y sabe que un equipo puede tener buenos y malos momentos, pero lo sigue apoyando de acuerdo a lo que le exige cada situación.

En fin, hay muchas formas de interpretar el fanatismo, pero creo que sólo con racionalidad podremos valorar el fondo y no quedarnos en lo accesorio y en los adornos.

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